lunes, 23 de marzo de 2015

Ecos de un pasado sin futuro

Durante toda mi vida jamás he tenido miedo. Un nuevo trabajo, una nueva ciudad incluso un nuevo amor me producían felicidad en vez de pensamientos negativos. Todo lo que pasa a mi alrededor han sido cambios a pesar de que siempre digo que no me adapto fácilmente y que me gustan las rutinas, me doy cuenta que nunca he caído en eso.

Siempre voy de un lugar a otro, de una escuela a otra. Mis amigos no eran los mismo, si eran muy queridos pero constantemente los cambiaba debido al trabajo de mi papá. Llegó mi hija y otra vez un cambio más. Aquí si tuve que necesitar la ayuda de un terapeuta, ya que el cambio era tan inmenso que no sabía cómo acomodarlo. No tuve miedo pero quería que fuera perfecto.

Parejas que pensé que estarían para siempre no duraban ni medio año, y aunque sabía que no llegaría a nada con ellos, me daba la oportunidad.

Pero, al vivir con el único chavo que he vivido, románticamente hablando, fue la primera vez que sentí miedo. En ese momento no lo pensaba, de hecho creí que era algo normal cuando estas en una relación "seria" sin embargo, ahora viéndolo a distancia, caigo en la cuenta que mi miedo no era a lo desconocido si no a lo no deseado.

Aunque se escuche tonto, a mis 34 años de esa época, me sentía muy inmadura para llevar algo tan grande. Además, al no estar enamorada y tener 15 días de conocer al chico en cuestión, a cualquiera le daría no miedo, si no terror. Los cientos de consejos apuntaban que el miedo era normal, que mi cerrazón a abrirme al amor era la causante de que yo no disfrutara.

Siempre he seguido mi sexto sentido y me he salvado de un millón de cosas, las únicas dos veces que no lo escuché, fueron las que, desgraciadamente, me hicieron más daño en la vida. Me ayudaron muchísimo pero de que me hicieron daño, me hicieron daño.

Cuando yo soñaba con enamorarme el hecho de imaginar despertar todos los días en brazos de ese alguien me hacía sentir mariposillas en el estómago. Veía parejas e imaginaba su despertar, sus pláticas a la hora de comida o sus desvelos a la hora de pasar un noche juntos escuchando música. Debo confesar que los envidiaba.

Mi vida en pareja, en esas 4 paredes fue totalmente diferente a lo soñado. Era todo lo opuesto. Mis risas se callaron y fueron aflorando unos miedos desconocidos para mí, ya no uno, si no mil. Ahí descubrí que vivir con alguien se convertía en una batalla campal para ver quién era mejor que el otro. Cuando me decidí a investigar todo mundo decía que era normal, que así eran los primeros 7 años por aquello del acoplamiento pero, no me quedaba con esa respuesta.

Para todos soy una persona buena que ayuda siempre a los demás sin pedir nada a cambio y ahí, en ese tiempo, me volví egoísta. Quería una cama para mí, ya que me mandaba  a dormir al sillón. Quería comer lo que me gustaba, quería reír sin que se me criticara, quería cantar (¡no canté en todos esos meses!) En pocas palabras, ahí no estaba yo, ahí estaba otra llena de inseguridad.

Como es sabido ya, mi miedo un día se fue y decidí acabar desde la raíz con el problema. Tal vez me vi egoísta por dejarlo a la deriva con su enfermedad pero, al disiparse mis temores, el valemadrismo afloró sin que yo pudiera sentarme a meditar las consecuencias de mis actos.

Pasados los  días, las semanas, me di cuenta que esa experiencia no me había marcado lo suficiente, no me sentía dañada y podía continuar como si nada. Vivía en una especia de euforia que no podía controlar. Necesitaba comerme al mundo. y de ahí que la siguiente relación fuera parecida o peor. El no darle un luto a esa persona que había muerto (mi otro yo) no me dejaba que sacara mi verdadera personalidad. El miedo se fue pero quedaban las sombras y era peligroso moverlas.

Tal vez ahora cambiaría unas cosas que dije o decidí pero, no del todo. Las experiencias más crueles que he vivido, no las quitaría por nada, ya que si no, no estaría como estoy ahora: segura de lo que me gustaría vivir en un futuro con alguien. Muchas veces pensé que la necesidad de encontrar a ese hombre con el que soñé, era simplemente por terquedad o para demostrarme a mi misma que alguien me puede amar, pero no. Hoy me doy cuenta que quiero compartir, que quiero vivir lo que imagino. Que tengo tanto para dar y que siento que, por la hermosa persona que soy y he sido, podría tener eso que visualicé desde hace muchos años.

Por lo ocurrido en mi vida y que conté aquí en el 2013, tuve que tomarme no uno, si no varios años sabáticos. Claro que trabajo, ya que tengo que comer, pero en el aspecto romántico hice a un lado todo lo que se acercaba, porque era exactamente igual a lo que había abandonado. Ahora tenía la capacidad para ver claramente sus almas, sus ojos, sus intenciones. Hubo uno que se coló pero, ni el tiempo ni la disposición se puso a nuestro favor y en vez de sufrirlo, lo festejé por mucho tiempo.

Hoy estoy convencida que las afirmaciones hechas por personas a mi alrededor, llámese mi papá, mi hermana o mis exparejas, solamente me llenaron de telarañas la cabeza y no me dieron oportunidad de .  Ahora puedo decir que a mis 43 años me siento tan lista para empezar lo que sea, no con quien sea obviamente, si no con esa persona que quiero, que yo escogí, por que me llena de todas las cosas a las que les puse una barrera y que me encantan. Hoy estoy convencida que puedo ser mucho mejor pareja con alguien que de verdad se amolde a mis brazos y a mi sueños, sin criticarlos, sin señalarlos, tan sólo comprendiéndolos y lo mejor de todo, sé que existe.

Hoy a mis 43 años, sé que no voy a cambiar, que no me volví miedosa ni insegura. Que seguiré siendo la misma confianzuda y sin enredos en la mente, que de igual forma mi hermana estará siempre en mi vida y la única forma de que no me dañe es amándome yo misma y haciendo lo mismo para con ella. Tal vez ahora me conduciré con precaución pero mi positivismo siempre van a estar. También sé que puedo hacer cambios con gusto sin que me de vergüenza.

Después de tantos años de pensar, de haberlo encontrado por ahí, un poco lejos de mí, puedo decir que estoy 100% lista y a diferencia del 2007, no tengo nada de miedo, nadita de miedo y sí muchas ganas de intentarlo.

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